Huesca

La Ripera, el poema de la piedra

Panticosa es el nexo de unión entre las calizas Sierras Interiores y el granítico Pirineo axial. Es el encuentro entre la permeabilidad y la impermeabilidad, la fragmentación y la dureza mineral. La riqueza natural, por tanto, está servida.

Gran bolo granítico en el camino

La huella humana es patente en el valle glaciar de la Ripera, que tiene su origen en la maravillosa Rinconada o Berde.

El sol se impuso a la lluvia
Y no tardó en aparecer

El Rincón del Verde constituye la fuente del río de la Ripera, que más tarde fluirá hacia el río Bolática para terminar en el potente Caldarés, que desciende desde las moles graníticas del Balneario de Panticosa. Un periplo acuático que finaliza en el pantano de Búbal, cerca del Pueyo de Jaca, en lo que antes fue el cauce del río Gállego.

El Bolática desde el Puen dera Zoche

Esta abundancia de agua se traduce en pastos abundantes y, por consiguiente, en una febril actividad ganadera en los meses propicios.

El privilegio de ser parte de estas montañas

Salir por la empedrada Carrera Biella de Panticosa supone transitar por los caminos que los antiguos moradores del Pirineo patearon para llegar a sus terrenos de labor, ahora convertidos en llanos pastizales con grandes bojes arbóreos en la zona de la Trabenosa.

Pequeñas tierras arañadas a la montaña

El canturreo atávico de esquilas y cencerros da la bienvenida al majestuoso Pirineo, el de los Batanes, el de Yenefrito, el de Ferreras. Antes ya hemos superado el Puen dera Zoche y tomado agua de la Fuen dera Campana, justo al lado del torrente rocoso del Ordenal que baja directo de la vaguada precimera de la Punta Fobarabache o Pico Faceras.

Río de la Ripera

Tras superar algunos discretos bosquetes de abedules, y acompañados siempre del sempiterno boj, se llega al refugio pastoril de la Ripera. Decimos adiós al Bolática y saludamos al río de la Ripera y a su formidable valle en forma de artesa.

El Valle de la Ripera con las cumbres recién nevadas
El hielo, paciente escultor

Su desarrollo es más bien discreto, en torno a los 5 kilómetros, pero su plasticidad es enorme, propiciada por el sobrecogedor frontón calizo del Rincón del Verde, con picos que rondan los 2800 metros de altitud.

Salvaje
En un océano de roca

Es la cara de la Sierra de Tendeñera que mira hacia Francia. Y no puede ser más bella. Las dramáticas fuerzas que izaron estas montañas se ven reflejadas en una serie de estratos y pliegues de una delicadeza emocionante. Un enorme hojaldre calizo. Unos acantilados sin mar.

La lucha entre los mundos vegetal y mineral

La pista ganadera que va remontando la Ripera deja atrás varios corralones donde pacen mansamente unos pocos caballos e infinidad de vacas pardas.

Estrato sobre estrato

Por el Salto Tendeñera apenas se precipita un mechón de agua, procedente del Collado Tendeñera, a través de una faja de nombre nada engañoso, el llamado Faxón deras Flors de Nieu, por donde se accede al vecino Valle de Otal, tributario del virginal río Ara, ya en el Sobrarbe.

El camino hacia el Sobrarbe por el Salto Tendeñera

No era tiempo de flores de nieve, languidecientes ya en los bordes del camino, pero sí de despiertas y ruidosas marmotas, que con sus alaridos estridentes avisaban de que el peligro tenía forma humana y cánida. Estamos en territorio marmotero. Los socavones en las tascas alpinas son delatores de su permanente presencia.

La montaña enseña sus dientes

El Refugio del Verde es perfecto para detenernos antes de afrontar la última subida de la jornada. Desde aquí se tiene una visión inmejorable del Forato os Diaples, una cavidad donde los pastores tensinos decían de ella que era guarida de diablos y seres del inframundo.

Os Diaples desde el Refugio del Verde

No muy lejos de este agujero hay una faja de evocadora etimología, el llamado Faxón dero Lupón, que indicaría la presencia no tan remota de lobos en estas montañas. Quizá, estos cánidos perseguidos fueran los demonios que moraron en tiempos pasados en este forato de Tendeñera. Quién sabe, pero si es cuestión de imaginar…

Formas triangulares

Desde el primero de los dos collados que deben superarse, la Collata dero Paúl, se obtienen unas panorámicas majestuosas de la vertiente ígnea del Pirineo, de las cumbres graníticas del Macizo de las Argualas.

La Paúl Alta y las altas cumbres nevadas
Tarjeta de presentación pirenaica

Su silueta agreste de color gris parduzco contrasta con el piso verde y amable que estamos pisando. Dos mundos diferentes a muy pocos metros de distancia.

La montaña muestra sus costillas

La Paúl Alta, vocablo aragonés que indica la presencia de zonas encharcadas, es una turbera de color cetrino. Por su actual colmatación y evidente morfología lacustre parecería que fue un lago glaciar más de esta cordillera. La Collata o Berde es el punto más alto de la ruta, a casi 2100 metros de altitud.

En la Collata o Berde

Un poco más adelante, aparece ante nosotros el gran colofón, el ibón de Sabocos, de un color aguamar imposible. Con sus 8,7 hectáreas y 25-30 metros de profundidad máxima, es uno de los emblemas salvajes de las Sierras Interiores pirenaicas. Su contemplación desde las alturas es balsámica. Descansar al borde de su orilla es reparador.

El color verde la tiene prendada. ¿O serán las marmotas?
La belleza del Ibón de Sabocos

Sus frías aguas son el legado de unos tiempos donde los grandes hielos dominaron la cordillera. El pulimento brillante de la roca que se sitúa por encima de la lámina de agua expresa con fidelidad la acción erosiva de un hielo poderoso del que nada queda. Allí arriba, 850 metros más arriba, no hay quien le tosa a la Peña Sabocos.

A orillas del frío ibón
Última mirada hacia el lago de Sabocos

El descenso se realiza por las pistas de la Estación Invernal de Panticosa. No hay pérdida, aunque tampoco demasiado interés. La anatomía trasfigurada de la montaña es poco alentadora. Levantar la vista hacia los horizontes de la Partacua y el alto Valle de Tena es mucho más estimulante.

El pueblo de Panticosa

La jornada termina en Panticosa después de muchos pasos completados, muchas fotografías en el disco duro y muchos recuerdos atesorados. La memoria se tiñe de verde acuático-vegetal y gris calcáreo. Más de 21 kilómetros de Pirineo dan para mucho.

Ruta completada:

Circular por el Valle de la Ripera de Panticosa

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