Zaragoza

Mosomero, la joya de Algairén

Si hay un lugar inmensamente atractivo de la Sierra de Algairén ese es el valle del río Tiernas. Una auténtica joya natural con singularidades botánicas que bien merece la pena conocer.

Otoño en Algairén

Nosotros optamos por abordarlo desde Almonacid de la Sierra, pero el camino se puede emprender igualmente desde Alpartir. Sea como sea, este valle interior, surcado por el río Tiernas o Alpartir, no deja indiferente a nadie.

Luces tamizadas en el pinar

El hecho de poder caminar entre bosques mediterráneos relictos nos hace sentir unos verdaderos privilegiados. Y eso es lo que engrandece a esta sierra.

Suelo aciculado

Y no hablamos del sempiterno pino en sus múltiples variantes, sino de la que alguna vez fue la reina de las regiones templadas ibéricas, la encina.

Barranco de Valdemedollo desde el Collado de la Hermana

Y no podía ser menos protagonista su pariente el roble, pero no uno cualquiera, sino el albar, el raro Quercus petraea, que conforma un bosquete caducifolio maduro que hunde sus raíces en los recodos umbrosos del Monte Mosomero, señalando claramente con su presencia que en esta sierra hubo un clima más húmedo hace ya muchos años.

Senderos viejos de carboneros

El Collado de la Hermana es nuestro primer hito, al que deberemos llegar sorteando pinos y más pinos de repoblación. La vertiente de Algairén que mira hacia el Campo de Cariñena es una inmensa sucesión de pináceas. Solo alguna encina relicta y otras caducifolias abarrancadas se permiten el lujo de romper su uniformidad.

El Barranco de Valdeciruejos y su paleta otoñal

Sin embargo, desde el mencionado collado, los horizontes mudan por completo. Toca bajar hasta el punto menos elevado de la ruta por un sabio camino pedestre que serpentea entre bosques cerrados de encinas y carrascas, cuyas ramas viejas y retorcidas ya se han librado del filo del hacha de los carboneros, los cuales, no hace mucho, se afanaban en aprovechar su buena madera para elaborar un preciado subproducto como el carbón vegetal.

Rojos y ocres en el Barranco de Valdevillar

Los claros redondeados, los aún escuálidos ramajes, los amontonamientos de piedras y la tierra calcinada son testigos de un oficio extinto, arrasado por el nuevo mundo y sus altas cotas de productividad. Pero el trasiego de los carboneros aún es audible por estos caminos. Solo que se expresa a través del silencio y la contemplación.

Casa de Mosomero

La Casa de Mosomero, utilizada antes por guardas forestales y cazadores, y ahora cerrada a cal y canto, es el inicio del que probablemente sea el tramo más interesante de la ruta. Nos toca ascender en suave ascenso hasta la cabecera del valle de un río Tiernas, sin agua en superficie, pero con una espectacular panoplia forestal a su vera.

Detalle de arce de Montpellier (Acer monspessulanum)
Líquenes amarrados

Arces de Montpellier, fresnos, majuelos, saúcos, ruscos, acebos, sauces y algún que otro chopo conforman un tapete otoñal multicolor. Y líquenes, infinidad de líquenes selectivos y abrazarramas, que solo son capaces de medrar en entornos de excelente calidad medioambiental como este.

Fuente la Jordana
Acompañando al río Tiernas

¡Qué sorpresa encontrar esta paleta cromática en las viejas sierras ibéricas! ¡Y qué difícil es disfrutar de estos parajes salvajes en estas montañas tan antropizadas! Y ahí que resiste con enorme fortaleza el robledal blanco de Mosomero, en un recuenco solitario de Algairén.

Las gamas cromáticas del otoño
Caminos para abrir bien los ojos

Grandes ejemplares de albares jalonan el sendero, alfombrado por una permanente cubierta de hojarasca, que a su vez sirve de alimento a una tierra perfumada de humedad. Los bosques caducos hay que respirarlos sin prisa, a grandes bocanadas. Tocones añejos se pudren con la elegancia y la nobleza de aquellos que, tras su muerte, saben albergar vida.

Robledal blanco
Espesura forestal

Por desgracia, la mancha de roble albar termina pronto, pero el tránsito por ella marca decisivamente el destino de esta ruta. El pizarroso Collado del Tío Francisco es el paso previo a la cima del Cerro del Espino, el punto culminante del camino.

Sendero que atraviesa el robledal

Pero las sorpresas aún no habían terminado. Desde este promontorio ventoso divisamos una gruesa vena multicolor y un sistema de finos capilares afluentes surcando el músculo poderoso del valle. El cauce del Tiernas se permite esta licencia de autor, mostrando el atrevimiento de un pintor inmortal que complace por el mero hecho de no querer ni saber hacerlo.

Cauce multicolor del Tiernas

No hay imposturas. Lo heterogéneo también habita en el cuerpo de sílice de esta parte del Sistema Ibérico, injustamente denostado por su tan repetida uniformidad. Al final, muchos lo acaban creyendo. Las letanías terminan por calar.

Abarcando las sierras ibéricas

Pero tantos trayectos en coche, fotos estáticas y prejuicios de salón se combaten con el prestigio de caminatas que se internan hasta la misma médula de estos montes zaragozanos. Lo que muestran por fuera tan solo puede ser un espejismo de lo que aguardan en su interior.

Río Tiernas y manchas de distinto verde de roble albar

Desde el Cerro del Espino vemos dos cimas ya conocidas: el Alto de la Nevera y el Pico Valdemadera. El eterno Moncayo, el rey de las serranías ibéricas, se eleva en la lejanía exhibiendo su anatomía cansada. Algairén y Moncayo comparten la misma piel. Hacia el este, aromas de vid y cereal procedentes del Campo de Cariñena.

Valdemadera y sus frondosos pinares

Solo nos resta bajar escalonadamente hasta nuestro punto de partida por un camino envuelto en aromas dormidos de tomillo, romero, cantueso, jara y madreselva. ¡Qué perfume desprenden estos senderos en primavera!

Cosuenda desde el Cerro del Espino

Antes de cerrar este capítulo por Algairén, nos damos el gusto de recorrer un pequeño tramo de la Ruta Botánica, señalizada por el ayuntamiento de Almonacid, que coincide con nuestro camino de vuelta. Nos dan la bienvenida unos zumaques que arden en tonos rojos flamígeros. Los verdes helechos se adhieren fuertemente a las rocas más frías.

El incenciado zumaque (Rhus coriaria)

El suelo aparece recubierto de castañas otoñales entre manchas dispersas de mostajos y de elegantes fresnos. Un imperial álamo negro, que parece haber sido trasmochado en otros tiempos, cierra esta corta pero intensa inmersión en las profundidades de un barranco cualquiera de Algairén.

Una vez más, esta serranía nos vuelve a demostrar que sus arrugas son bellas, y su corazón, generoso.

Ruta completada:

Valle de Tiernas y robledal blanco de Mosomero desde Almonacid de la Sierra

Bibliografía recomendada:

Del Val Tabernas, Roberto; Viñuales Cobos, Eduardo (2017). Algairén. Guía natural de una sierra del Sistema Ibérico Zaragozano. Zaragoza: Institución Fernando el Católico.

2 comentarios sobre “Mosomero, la joya de Algairén

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