Zaragoza

San Bartolomé, la punta de Cerveruela

Nada se eleva más que en la Sierra del Peco que el Pico San Bartolomé. Un hito más de la serranía ibérica zaragozana. Un saliente más en la enorme mancha de carrascales que se adueñan del sur de Zaragoza.

Palomar de la Huervecica

Al sur de estos pulmones forestales se abre el páramo de Campo Romanos, una tesela de tierras rojas como la sangre que verdean ocasionalmente por el cereal. Territorio de inviernos de recias heladas, primaveras perfumadas de aromáticas, veranos de siesta y baños en el río y otoños silentes y amarillos.

Sistema Ibérico

El pueblo desde el que parte esta ruta es Cerveruela, una gema ibérica en forma y fondo. Estuvo a punto de morir demográficamente a principios de los 90 con solo 2 hogares y 4 habitantes de derecho censados. Su máximo poblacional lo alcanzó en 1900 con 443 habitantes y 129 hogares.

La Cerveruela de paredes blancas

Los 60 confirmaron su declive definitivo, pero el siglo XXI ha traído para Cerveruela un proyecto valiente liderado por mujeres como el del Tío Carrascón y el esquinazo a la ruina.

Caminos de siempre

Todo luce remozado, bien adecentado y sin rasgos importados del desarrollismo cainita de la cercana capital. Todo se observa con la autenticidad que merece un lugar así.

Ruralidad

El objetivo es llegar hasta las alturas del monte de San Bartolomé, pero antes habremos de abrir bien los ojos para apreciar las huellas de un pasado reciente que aún palpita en cada rincón.

Sobria arquitectura popular

La Ibérica zaragozana es de una modestia infinita, casi insultante. Cada recodo del camino muestra sin dobleces la tierra dura que fue y sigue siendo. Cerveruela se levantó sobre un macizo afloramiento pizarroso, que ni siquiera el río Huerva ha podido franquear, solo sortear. Sus gentes se irguieron sobre la misma roca, sobre una piedra densa e impermeable que nunca pudieron horadar.

Los cimientos de Cerveruela

Cerveruela continúa siendo una fotografía muy real de la Ibérica. Tomar el camino hacia el puerto, fosilizado en la toponimia como el Portijuelo, es recorrer el sector primario más elemental, el que murió por la industrialización, el del chozo, el de la teja árabe y el del hacha de manos callosas.

Senda hacia terreno forestal

Se abandona el pueblo dejando atrás construcciones ganaderas que se resisten a caer, algunas de ellas dedicadas a vivienda. Aquí, como en tantos otros lugares minúsculos del mapa, la línea que separa lo urbano y lo forestal es sumamente delicada, casi imperceptible.

Barro, piedra y madera

No hay lugar para vislumbrar lo siguiente, porque ya estás en lo siguiente. Todo aquí vive en un fascinante plano secuencia que no necesita explicación. Lo primero que nos acoge es un territorio ralo, pobre, dolorido por las espinas de los rosales silvestres que se apelotonan en los cauces secos.

Paridera de los Melguizos y Picacho de Villarreal

Una paridera de piedras aún con cierto sentido del equilibrio aparece en el horizonte. Es la de los Melguizos. Se termina el transitar por una pista escabrosa para dar paso a una senda de las de antes.

Badina de reflejos invernales
Agua del Barranco de Badules

Aun con muchísimos kilómetros y suelas desgastadas en la mochila, no dejan de asombrarme estos caminos tan perfectamente acodados a las curvas de nivel, que tan bien saben resolver, por pura practicidad, las arrugas del terreno. Una vez más, la armonía se viste de sendero de montaña.

Inicio del carrascal humanizado

El Barranco de Badules queda ligeramente más abajo, inesperadamente melódico. Baja agua, no mucha, pero la suficiente para alegrar el camino. Este invierno ha sido tan generoso que incluso los regueros más humildes tienen un mínimo caudal que ofrecer a pequeños animales que quieren saciar su sed.

Lugar de trabajo del carbonero

El segundo tramo perfectamente diferenciado llega, cómo no, sin avisar. Es el carrascal mutilado por el hacha, es el hábitat del carboneo ancestral. Los líquenes se pegan fuertemente a troncos reducidos y ramas torturadas.

Troncos enclenques

Aquí, la humedad casi encharca los pulmones. Huele a naturaleza muerta, a esa descomposición iniciática que es preludio de nuevas formas de vida. Algunos claros nada sospechosos albergan piedras calcinadas y montones de tierra desparramada.

Último piso forestal

Son los últimos rescoldos de un oficio que produjo carbón vegetal para calentar hornos, estufas y hogares durante el siglo pasado. La llegada de nuevos combustibles dejó respirar definitivamente al monte.

Jaras, aromáticas y carrascas

El tercer tramo es el del carrascal maduro y vigoroso. Apenas se distingue injerencia del ser humano. Se observan copas bien pobladas, tallos poderosos y ramas bien marcadas. Una paridera más, la de la Peña Orejera, y un último repecho antes de alcanzar el Portijuelo, la linde natural que asoma Cerveruela al Campo Romanos.

Paridera de Peña Orejera

En sentido estricto, hace un tiempo que estamos en el término municipal de Villarreal de Huerva. Cuando lleguemos en unos cuantos minutos a la cima estaremos en el de Villadoz.

Dejamos abajo el collado

Antes tendremos que conquistar por terreno pendiente la antecima y, en última instancia, la cima, marcada desde la lejanía con un gran vértice geodésico.

Nieve preprimaveral

Una vez arriba, vistas panorámicas excepcionales, como no podía ser de otra forma. Las poblaciones del inmenso llano cerealista a vista de pájaro.

Cumbre
Llano

El otro brazo de la Ibérica justo al noroeste. Pero hay algo que llama la atención en la misma cumbre.

Columna vertebral Ibérica
Cerveruela mancha de blanco el paisaje

Podría pasar por un mero refugio de pastores venido a menos o incluso una trinchera o puesto de vigilancia de la guerra fratricida, pero no, las escasas hiladas de piedra apenas trabajada nos revelan algo extraordinario: una ermita advocada a San Bartolomé.

Ermita de San Bartolomé

Por lo consultado, ya a finales del XIX-principios del XX, cuando se hicieron los primeros mapas manuscritos antes de configurar el Mapa Topográfico Nacional a escala 1:50.000, esta ermita ya figuraba en ruinas. Subsisten algunos arranques de columnas de ladrillo y lo que parece ser una diminuta hornacina. La planta aún se conserva.

Viejas piedras

Tal y como sucede en otros lugares similares y muy cercanos como el Santuario de la Virgen del Águila de Paniza y en el Santuario de la Virgen de Herrera de Herrera de los Navarros, se levantaron templos para sofocar cultos precristianos.

Siempre en puntones, siempre en lugares estratégicos. De hecho, se tiene constancia de poblamiento en la Edad de Bronce final en lo alto de San Bartolomé. Otros llegaron mucho antes que nosotros.

Familia de cabras

Toca bajar por el mismo camino, no sin antes haber inspeccionado una posible vuelta semicircular por el camino antiguo que unía Cerveruela con Badules. En mi exploración campo a través, me topo con unas cabras monteses despistadas que son capaces de aguantarme la mirada unos instantes antes de desaparecer fantasmalmente entre carrascas.

Azud del Huerva

Antes de marchar, Cerveruela debe ser visitada calle por calle y rincón por rincón. El enamorado de la arquitectura popular tiene un tesoro ante los ojos. El río Huerva es un oasis cristalino cuajado de berros.

Riberas del Huerva a su paso por el pueblo

El hormigón unificador no ha hecho estragos y se conserva buena parte del legado rural en sus inmediaciones, aunque la mayoría en ruinas.

Este es el camino por la historia de un pueblo de la Iberia vieja que estuvo a punto de agotar su existencia a finales del siglo XX, pero que ha sabido sujetarse firmemente a la roca que lo vio nacer.

Ruta completada:

Pico San Bartolomé desde Cerveruela

2 comentarios sobre “San Bartolomé, la punta de Cerveruela

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