Zaragoza

La Atalaya, la cresta meridional de Algairén

El Cabezo de la Atalaya es el último gran bastión de la Sierra de Algairén antes de declinar suavemente hacia las primeras tierras del Campo de Daroca.

El pueblo de partida es Encinacorba, uno de los últimos del Campo de Cariñena por el sur. Su refundación como pueblo cristiano en el siglo XII se asocia a la presencia de una encina curvada, que ha quedado inmortalizada en su escudo y su bandera.

Caminos de Algairén

La vid sigue moviendo la economía del pueblo, con parcelas que escalan con brío hasta el vientre del Cabezo de la Atalaya. Todavía se dejan ver bancales de frutales, olivos y almendros, aunque tristemente abandonados.

Vid tratada con mimo

Su mayor riqueza forestal es su pinar, mezclado con la autóctona carrasca. Por esos pagos ascienden varios caminos hasta la Atalaya, el punto culminante que, paradójicamente, pertenece a Mainar y no a Encinacorba, ya en la vecina comarca del Campo de Daroca.

Caminos invadidos por el agua

La primavera ha resultado inesperadamente fría y lluviosa. El monte destila aromas silenciados por el invierno y los barrancos bajan con un caudal inesperado. Tanto es así que nos encontramos el camino cortado por el barranco del Viaducto, un más que modesto afluente del río Frasno, nacido en las faldas de los Ginestones.

Pinar maduro

Conforme vamos tomando altura, se hace palpable una notable ruptura de la continuidad de la masa forestal. Si miramos de frente a nuestro objetivo, el pinar está bruscamente partido por la mitad.

El entorno de la fuente de la Corza
Agua en abundancia

Solo el fuego ha podido provocar semejante desastre. El primer incendio calcinó 300 ha de pinar y matorral en julio de 2003; el segundo, en agosto de 2005, se llevó por delante 50 ha de maltrecho pinar.

Ombligo de Venus

En ambas ocasiones, RENFE está detrás del origen de las llamas. Un tren y una desbrozadora. Ni pirómanos, ni especuladores, ni desalmados, ni siquiera causas naturales. El tren, en tanto sinónimo de progreso, generador de retroceso. Lo absurdo.

Encinacorba desde las alturas

Demasiadas hectáreas para una población que siempre miró con orgullo y deleite a su verde pinar de repoblación, plantado con mucho esfuerzo y mimado desde la década de los 50 del pasado siglo. Un castigo inmerecido.

Llanos de Cariñena

Escuchamos el cucú de un cuco encaramado a un peñasco silíceo. Y, mejor aún, conseguimos verlo y tomarle al menos unas fotos desde la distancia. Esquivo por naturaleza, pocas aves gozan de un simbolismo igual y arrastran una carga mitológica tan densa como el cuco. Su ambivalencia es fruto de su despertar de entre los muertos (el invierno) para anunciar la llegada de la vida (la primavera). Suerte la nuestra.

Pirámide de San Bartolomé de Villadoz

El collado de la Hoya Vedada podría considerarse la antecima de la Atalaya. Hemos superado hace un rato los 1000 metros de altitud. Apreciamos desde aquí cómo desciende impetuoso el barranco de la Hoya Vedada, con una melodía poderosa, impropia de un arroyo modesto.

Laderas deforestadas de la Hoya Vedada con señales de la última repoblación

Las últimas lluvias han envalentonado a un río como el Grío, discreto por naturaleza, que nace en estos terrenos ahora casi yermos. Sus aguas furiosas causaron, muy pocos días atrás, gran dolor en Codos, al otro lado de Algairén. Un joven pastor falleció arrastrado por la fuerza terca de su torrentera desbocada. Quiso salvar a sus ovejas. Y no hay pastor que no quiera salvar a sus ovejas.

Descenso del río Grío; Vicor nevada y velada al fondo
Camino tradicional de Torralbilla a Encinacorba excavado en roca en el collado de la Hoya Vedada

Alcanzamos la cima con un viento helador que no invita a quedarse contemplando las estupendas vistas. Aun así, desde allí, podemos atisbar la fotogénica Sierra de Vicor, la sucesión de lomas y vaguadas de Algairén, el llano de Cariñena que antecede a la inmensidad del valle del Ebro y los páramos elevados de Daroca, puerta de entrada del Jiloca turolense. Como en toda atalaya, y esta no podía ser menos, lección gratuita de geografía.

Última loma antes de la cima
Inmensidad ibérica

Nos toca bajar tomando como referencia un pozo nevero que puede pasar inadvertido debido a su grado de colmatación. Desde aquí, la visión del monte público de las Lastras es bastante desalentadora.

Algairén y Vicor

Ardieron 101 ha y la regeneración natural no parece haber sido muy exitosa. Tampoco la posterior repoblación forestal. Nos asomamos a unos cuantos protectores circulares que cobijan encinas y vemos que no han prosperado.

Unos suben y otros bajamos

En el informe emitido por el Gobierno de Aragón del vecino monte público de los Bodegones, en Mainar, la ingeniera de montes María Isabel Ureta habla de la regeneración casi nula de Pinus nigra y muy limitada de Pinus pinaster, concentrados estos últimos en corros dispersos. En las Lastras la situación es muy parecida 10 años después de la expedición de esa memoria forestal.

Principio y fin del llano: los carrascales de alto valor ecológico de Paniza

El bosque autóctono, el que siempre pobló estos montes y sigue poblando la mayor parte de la Ibérica zaragozana, es el que mejor se ha comportado después del incendio. Las carrascas, acostumbradas al fuego ancestral, tienen una capacidad innata para generar nuevos retoños. Demuestran, con su espíritu de supervivencia, que estos suelos silíceos les pertenecen.

Encinacorba desde las Lastras

Las tierras trabajadas y aromatizadas por el petricor nos indican que Encinacorba está ya muy cerca. El adelgazamiento rural ha afectado, y de qué manera, a este pueblo que llegó a tener 1169 habitantes repartidos en 359 casas en 1887 y que, por primera vez en su historia reciente, ha bajado en 2017 de los 200 censados (198 en concreto).

Piel silícea de la sierra y ermita de Santa Cruz en el puntón

Con todo, sigue conservando la integridad y fisonomía típicas de las poblaciones del piedemonte de la Ibérica zaragozana. La herencia árabe es evidente en todos y cada uno de los recodos de su abigarrado casco urbano. También en su Plaza Luis Pérez del Corral, con la iglesia mudéjar de principios del XVI de Nuestra Señora del Mar, advocación singular como pocas en Aragón.

Llegada al pueblo

Poco queda del castillo bajomedieval de Sinascueva, del que se valieron los constructores de la iglesia para erguir la torre de la iglesia. Bajo la sombra de un árbol protector descansa el monumento al insigne hijo de Encinacorba Mariano Lagasca. Este naturalista de base, antes de marchar a Madrid, respiró intensamente los aromas de la Sierra de Algairén junto al también cariñenense Lucas Tornos.

Nuestra Señora del Mar de Encinacorba

Fue director por dos veces del Real Jardín Botánico de Madrid, diputado de las Cortes durante el Trienio Liberal, médico militar, entre otras ocupaciones siempre relacionadas con la divulgación de la ciencia. Una mente preclara y un adelantado a su época, que lo seguiría siendo en la época actual.

Virguerías mudéjares

Buscamos durante todo el recorrido la encina corva que luce la bandera y el escudo de este pueblo. No la vimos, claro. Después de todo, quizá esté representada, más que nunca, por las chaparras corvas y frágiles que ahora despuntan en el suelo cansado de la sierra. En esa aparente endeblez, se guarda la savia que es capaz de generar vida. Lenta pero tenazmente.

Ruta completada:

Cabezo de la Atalaya desde Encinacorba

Fuentes consultadas:

Repoblación forestal en el monte propio “Los Bodegones” de Mainar (Zaragoza)

El incendio forestal de Encinacorba, Enrique Gómez Lázaro

2 comentarios sobre “La Atalaya, la cresta meridional de Algairén

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