Zaragoza

Urriés, a los pies de la Sierra de la Sarda

Los discursos tejen líneas de pensamiento y una vez zurcidas son difíciles de destejer. La pena, el desarraigo y la impotencia empañan la retórica que apunta hacia la ruralidad. Entre tanto lamento nos olvidamos de que no es mundo estanco y que sigue albergando gente con sueños, ilusiones y problemas por resolver.

Casa palacio de frontal barroco de Urriés

Como tú y como yo. Con una elección de vida por delante. La Bal d’Onsella es el objetivo de nuestros particulares focos, los de la memoria y el presente. Esta ruta parte desde Urriés, un pueblo que, en tiempos, se le conocía como «Zaragoza la Chica» por la amplia oferta de servicios que proporcionaba a todo el valle, y que ahora quiere resugir con nuevos bríos, a través de un consistorio enérgico y con un patrimonio románico que es una auténtica joya.

Arquitectura popular

Buscaremos el frontal Sierra de la Sarda cuyo punto culminante es la ermita de la Magdalena, donde se unen los términos de Navardún, Urriés y Los Pintanos.

Campos de labor a la salida del pueblo

Seguimos la traza del tradicional «camino del correo» que vertebraba y, a su manera, sigue vertebrando las localidades de Sos del Rey Católico, Urriés y Los Pintanos.

No nos será difícil imaginar al cartero que, décadas atrás, con su valija repartía el correo postal entre los vecinos de los valles de Onsella y de los Pintanos. En primer lugar, transitaremos por una pista agrícola que orilla campos cerealistas y barranqueras que descienden con un hilo de agua desde la misma sierra.

La niebla se cuela por Navarra

Conforme vamos enfrentando la montaña, se despliega un cada vez más tupido bosque de quejigos, que, por su aspecto, nos indica que el invierno barrerá sus hojas pronto.

Terrazas que trepan por la montaña
Mismo lugar el 8 de octubre de 1956; campos aún productivos y senda del correo perfectamente visible y mucho menos vestida. Punto rojo: ermita de la Madalena. Fuente: Fototeca Digital

Ganamos altura dejando atrás campos de labor aterrazados, de cuando el minifundismo aún tenía sentido en un sistema pauperizado pero menos aglutinador que el actual.

Quejigares que bajan de la sierra

Los matorrales mediterráneos y las quercíneas enraízan con fuerza en estos campitos yermos, antaño sometidos a un sencillo sistema rotativo, y que ahora son testigos de cómo alfombras verdes se desdoblan en el llano más inmediato al río Onsella.

Urriés y Navardún

Desde el desvío por senda a la ermita de Madalena se puede ver el desarrollo más torrencial del barranco del mismo nombre. Las aguas perforan con mayor potencia el lecho de un cauce que cae casi a cuchillo al del Onsella.

El valle del Onsella empieza a abrirse

Comienza un tramo corto pero bellísimo por una senda que atraviesa un bosque humanizado de carrascas y robles.

Viejas sendas

De allí debió salir durante siglos la leña y el carbón que calentó los hogares de Urriés. Por este denso pasillo forestal se advierte la presencia de los habitantes por derecho de estas montañas.

Bosque cerrado

Egagrópilas y heces señalan la presencia de rapaces nocturnas y mamíferos de toda condición.

Tramo final de la senda del correo

Esta sendita, que se hace realmente corta, desemboca en la pista que peina la testa de la Sarda.

Urriés, Navardún y Sos

Antes de llegar a la ermita de la Madalena, podremos asomarnos a través de un escueto zócalo de piedra a toda la Bal d’Onsella.

Isuerre

La vista alcanza desde Lobera de Onsella hasta las tierras navarras de Sangüesa, pasando por Isuerre, Navardún, el propio Urriés, Gordún y Sos del Rey Católico. Longás, el pueblo más montano de este valle, se escora tanto hacia el este que es imposible establecer contacto visual con él.

Mirando hacia Lobera de Onsella y la oculta Longás

Se sitúa en la exacta confluencia de varios barrancos que alumbran al Onsella, un río de tradición almadiera, del que la tradición cuenta que «antiguamente bajaban almadías de Longás a Sangüesa».

Panorámica completa de la Bal d’Onsella

También es de fuerte raigambre ganadera, con generosas cabañas que pastaban en los puertos de la hoy protegida Sierra de Santo Domingo. Aún se ven rebaños por los altos, que siguen buscando los mejores pastos de esta sierra zaragozana.

Sobrias ventanas de tradición románica

Son pocos metros los que nos restan para llegar al punto intermedio del recorrido, la ermita de la Madalena, de recias hechuras góticas, con contrafuertes que refuerzan su solidez y consistencia.

La compacta ermita de la Madalena
Urriés en verde, la Madalena en rojo en 1956. Surcos de los barrancos mucho más marcados, similares a ramificaciones venosas. Fuente: Fototeca Digital

La bajada recorre la espina vertebral de la sierra con horizontes, ahora sí, despejados. Entre la arboleda se distingue las poblaciones de Undués-Pintano y Pintano, dos poblaciones que experimentaron un extraordinario flujo migratorio temporal o permanente en el siglo XX.

Undués-Pintano

En un estadillo de 1911 de Mauléon figuran hasta 123 mujeres procedentes de Los Pintanos, un sobresaliente 17 % de las 712 «golondrinas» aragonesas que marcharon ese año por el puerto de Larrau hasta las fábricas de alpargatas de la localidad francesa.

Los dos Pintanos, el alto y el bajo, a cada lado del árbol

Fueron también muy numerosos los pintanenses que cruzaron el Atlántico para ganarse la vida como borregueros en las inhóspitas tierras del oeste norteamericano. Los hermanos Betés Buesa, los Pérez Cebrián y los Giménez Malle son algunas muescas de la fortísima diáspora que experimentó esta zona del Alto Aragón y, en especial, estos dos pueblos.

Apacible cordal de la sierra

Ahora, la Hospedería Villa de Pintano y sus afamadas jornadas micológicas buscan renovar el presente de este valle interior por el que discurre un cristalino río Regal y una red de riachuelos nacidos en la más umbrosa vertiente norte de la Sierra de la Sarda. A decir de una pareja de donostiarras, residentes ocasionales en Urriés, los atardeceres más bellos de la zona se contemplan desde su terraza.

El verde valle del río Onsella

Mientras descendemos aparece el perfil inconfundible de la Sierra de Leyre. El trazo casi rectilíneo de su cordal cimero precede a la figura piramidal de la Peña Izaga, la montaña que oculta bajo su apariencia piramidal el valle de Unciti y la gran capital pamplonesa.

Mirada hacia el noroeste navarro

En la desembocadura del río Regal en el pantano de Yesa se sitúa la doliente Ruesta. Con prismáticos, llegamos a ver su castillo y caserío medievales. Nos estremecemos de rabia al verla así, tanto como a Esco y a Tiermas, que mantenían una población medianamente estable y próspera antes del forzado desalojo.

Ruesta y Sierra de Leyre

Antes de abandonar la sierra, el ululato de un mochuelo quiebra el silencio de un atardecer que vacila entre claroscuros. La nitidez y la perfecta cadencia de su canto nos dibujan una sonrisa, reconfortan y tranquilizan. No deberían pensar lo mismo los antiguos montañeses que asociaban sus cantos abisales, surgidos de la intimidad del bosque, a desgracias y muertes.

En el puerto de Cuatro Caminos, tomaremos el camino de San Salvador, enfilando directamente la bajada hacia Urriés, con la vista puesta en los campos de labor reverdecidos por un otoño generoso.

En torno a un notable pozo de hielo y muy cercano a la ermita de San Salvador, se despereza un bosque de Quercus cerrioides de características hojas con bordes dentados triangulares y pinos de repoblación a los que pretende relevar.

Umbría de San Salvador

Todo concuerda: roble cerrioide, que gusta de lugares húmedos, y una nevera, construida en umbría, para conservar mejor el hielo.

Fuerte erosión en la cabecera del barranco de San Salvador

Después de abandonar el bosque, tan solo nos queda descender mansamente hasta Urriés, de nuevo entre cereales de invierno.

Hace ya unas cuantas horas que hemos salido de casa de unos buenos amigos en Bagüés y su alcalde nos ha enseñado, como se enseña aquello que se quiere, la extraordinaria iglesia de San Julián y Santa Basilisa, cuyas pinturas murales son el mejor reclamo del Museo Diocesano de Jaca.

San Julián y Santa Basilisa de Bagüés al punto de la mañana

No pide quimeras, solo que a los turistas que se maravillan en Jaca con estas pinturas románicas universales del XII se les anime a subir a conocer la fuente original, el templo que las cobijó durante ocho siglos hasta 1966. Nos parece un trato ecuánime.

San Esteban de Urriés

Nos da tiempo a conversar con Esme que gestiona, junto con su chico, el bar del pueblo, organiza campamentos para críos y regenta su hípica en Isuerre, todo ello con una energía que ya la quisieran muchos para afrontar su día a día; también a tomar un café en Os Tablaus de Longás para saber que hasta finales de 2016 no tuvieron una carretera en condiciones que les uniera con Lobera de Onsella.

Casas de cuatro alturas

Multitud de carteles en amarillo y negro recuerdan al visitante que todo el valle busca una salida digna por el puerto de Santa Bárbara a la A-132 que les conecte con la comarca de la Jacetania. Nos parece de lo más razonable reducir a la mitad los más de 90 km que tienen que recorrer actualmente para llegar a Jaca.

Plaza principal de Urriés

La Bal d’Onsella es, como cualquier otra región acallada, absolutamente reivindicable por sí misma. Pero no para saldar deudas pasadas, ni exigir justicias poéticas, sino por puros criterios de equidad cívica, de sana ciudadanía. Ya va siendo hora de que las necesidades de una parte no esquilmen o detraigan los recursos de la otra.

Ruta completada:

Sierra de la Sarda y ermita de la Magdalena desde Urriés

Fuentes consultadas:

Tarazona, Carlos (2017). Borregueros: desde Aragón al Oeste americano. Autoedición.

Sánchez Lanaspa, Sergio (2016). 1914 – Vuelven nuestras “golondrinas”. Revista digital «pirineodigital.com».

Página web de Luis Mariano sobre Urriés.

2 comentarios sobre “Urriés, a los pies de la Sierra de la Sarda

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