Zaragoza

San Martín y Lituénigo, el primer abrazo verde del Moncayo

Moncayo es, en su vertiente zaragozana, un auténtico libro forestal. Su consulta es gratuita en cualquier época del año y sus páginas explican con precisión por qué esta montaña se ha filtrado tenazmente en el imaginario aragonés.

San Martín desde el Alto de la Cruz

Los escalonamientos vegetales componen un apretado corsé que ejerce de imán solitario entre dos mundos mellizos, la baja estepa aragonesa que desciende con dulzura hasta el gran río ibérico y la alta estepa castellana que se mantiene erguida en sostenida altiplanicie.

Camino viejo de San Martín a Lituénigo

En esos graderíos, se asientan núcleos de población esencialmente fraternales, por situarse casi todos en la misma cota, acumular contingentes demográficos similares y coexistir en vecindad con los pisos de estepa-coscojar y encinar.

Caminos encinados
Terrenos de cultivo emboscados

En este somontano ibérico, se hallan dos pueblos apenas separados por unos cuantos pliegues montuosos, como son San Martín de la Virgen de Moncayo y Lituénigo. Ambos pueden presumir de atesorar en su término vastas extensiones de carrascas, un ambiente vegetal en imparable proceso de recuperación.

Precioso ejemplar bien entrado en años

Por ser el piso más accesible, siempre estuvo a expensas de las voluntades humanas. Ya desde el siglo XVI, junto con los hayedos y los robledales, experimentó una explotación intensiva por parte de las ferrerías situadas en la falda de la gran montaña. La masiva fundición de hierro provocó el consumo desorbitado de centenares de miles de toneladas de madera al año.

Interior de la dehesa de Lituénigo
Límite de explotación del bosque

A partir del siglo XVIII en adelante, el sobrepastoreo, con una carga ganadera ovina muy superior a los recursos pastables, el ancestral carboneo, la corta de leña para consumo propio y venta, y la puesta en cultivo de tierras para absorber el repunte demográfico de la región redujeron de nuevo al carrascal a su mínima expresión.

Lituénigo y castillo de Trasmoz

Solo fueron indultados los que crecían en lugares inaccesibles o infértiles, contribuyendo así a puntear un paisaje que algún día fue forestal. Durante siglos, el bosque se confinó en puntales, repechos y declives. Todo lo llano o susceptible de convertirse en ello, fue roturado con la determinación del que busca espantar el hambre.

Xolantha guttata

Hoy por hoy, la mayor parte de la tierra que nos ocupa conserva sus antiguos usos colectivos en figuras toponímicas como «Las Majadas», «El Prado» o «Valejo». Ni mucho menos, significa que se hayan extinguido las prácticas tradicionales moncaínas, pero sí la aproximación maximalista y alejada de patrones ecológicos.

Alfombras forestales

El carrascal se recupera paciente y bajo tutela. La juventud de sus fustes declama años de cortas y privaciones. La madurez vegetal es una cualidad residual en la vertiente aragonesa de Moncayo y solo se da en pequeños corros muy seleccionados.

La gran carrasca de Lituénigo

Uno de ellos se encuentra en el término de Lituénigo, en una modesta dehesa boyal en la partida de Valdelacasa, que culmina en un alto con una chaparra monumental estimada tres veces centenaria. Esta dehesa asegura pasto a finales de invierno y en primavera, cobija del exigente verano y, con sus bellotas, complementa la dieta del ganado.

Comparativa a escala humana
Primavera moncaína en el camino del Plano de las Majadas

Desde este mirador no hay manera de desubicar a la gran montaña. Pero solo si le enfrentas la mirada, tomas conciencia del enorme lienzo de más de dos mil metros que cierra con contundencia el oeste de Zaragoza. Miradores al gran Moncayo hay muchos y variopintos.

Abejares como recurso primario
Huecos para insertar los tapes de mimbre

Algunos son anónimos, otros no tanto, algunos cercanos, otros muy distantes; y, sí, los hay simplemente especiales. Y este es especial, mucho. Desde aquí se puede ser espectador de excepción del imparable proceso de naturalización forestal, que hace no muchas décadas sustituyó a un continuo de espacios yermos.

Arenaria montana

Y no deja de fascinar la capacidad de rebrote del bosque. No hay lugar aquí para sueños oníricos de bosques viejos, ni para mentes ávidas de idealizaciones forestales. Para ser más concreto, las repoblaciones con coníferas se materializaron en el monte de Lituénigo en 1970. Cincuenta años acreditan las masas de pináceas que cubren el piso inmediatamente superior al primer anillo de carrascas.

Epipactis helleborine
Monte de Lituénigo repoblado a conciencia. Década de los 70. Fuente: Mapa Interministerial IGN

En los aclareos de este pinar albar comienzan a enramarse más y más retoños del bosque primigenio de este piso bioclimático. Hablamos del mediterráneo Quercus pyrenaica o roble rebollo. Este bosque aterciopelado, por sus hojas pilosas en el envés, es el que, con su frugalidad y adaptabilidad, tolera en mejor grado los rigores de un clima extremado con respecto al resto de sus congéneres.

Plantanthera bifolia
Transición entre carrascal y robledal

Los pinos, aún benefactores, empiezan a verse rodeados de quercíneas que empiezan a reclamar sus dominios de siempre. A partir de los 900 metros sobre el nivel del mar, las carrascas ceden el testigo a los robles, que se benefician de una mayor higrometría.

Pinar silvestre a casi 1000 metros
Retoños de melojo bajo el pinar

El rebollar maduro no es tan acaparador como el carrascal, que se enreda en su propia supervivencia. La fisonomía del robledal es más generosa en espacios y consiente la entrada de la vivificadora luz para que el sotobosque se desarrolle en consonancia. La nobleza de los robles, entre muchas otras aristas, brota de su altruismo.

La elegancia de la Cephalanthera rubra
Robledal aclarado

La consolidación de un monte alto de robledales pasa por que las arboledas broten de semilla y no de cepa, lo que redundará en una salud más robusta de la masa arbórea. Estos árboles, intervenidos intensamente desde antiguo, acusan enormemente la falta de cuidados.

Símbolo del pinar moncaíno: Digitalis purpurea

La intensa competitividad por los recursos se traduce en una capacidad de crecimiento mermada, dando lugar a ejemplares débiles y retoños marchitos. Los robles se ubican en un rango de sensibilidad mayor al de las carrascas. No hubo anillo de crecimiento forestal que no se viera afectado por la ambición humana en el Moncayo. Desde coscojas, carrascas, robles, abedules y hayas. Todo se consumió en las llamas de la prosperidad.

Sector más elevado del macizo desde el piedemonte de San Martín

Hoy, el bosque demuestra sobradamente su capacidad exultante de rebrote en cuanto le conceden tiempo y espacio. Tiempo y espacio. Un manifiesto natural y esencial. Los bosques estaban aguardando su oportunidad agazapados en cada molécula del sustrato. Nunca se exiliaron.

Iglesia de estilo colonial de San Martín

Moncayo era su lugar en el mundo y nosotros tenemos ocasión de formar parte de su crecimiento juvenil, en una adolescencia avanzada que camina hacia una madurez estable, a través de dos pisos de emblemáticos Quercus, el árbol simbólico de la Península Ibérica.

Ruta completada:

Somontano de San Martín de la Virgen de Moncayo y Lituénigo

Más información:

Arrechea, Enrique (2015). Los efectos de las intervenciones selvícolas en las masas de monte bajo de Quercus pyrenaica en los montes públicos de la Sierra del Moncayo en Aragón. Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Madrid.

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