Zaragoza

Los caminos a poniente de Fuendetodos, la vecindad con Villanueva

Cuántos caminos se recuestan al lado de las vías asfaltadas y qué poco sabemos de ellos. El asfalto nos trajo comunicaciones ágiles, pero nos hizo ignorar caminos trazados desde antiguo, vasos comunicantes de otras épocas, para otros usos y otras necesidades.

Fuendetodos desde la Sierra de la Horca

Algunos han desaparecido, otros están en vías de extinción, aunque los hay que siguen cumpliendo su función vertebradora, como capilares auxiliares de una arteria principal. Caminarlos es comprenderlos y comprenderlos es integrarlos.

Centaurium quadrifolium

Fuendetodos conserva varios de enorme relevancia, que se amalgaman entre hilos de densa historia y que, por fortuna, aún conservan su impronta y traza. El primero de ellos es el camino viejo de Zaragoza, vereda fundamental por vincularse con la capital.

Pinares de la Sierra Gorda y montes blancos de La Puebla

Marchar por este trazado supone hermanarse con los incontables carros que bajaron a Zaragoza con cargas de carbón vegetal, piedra caracoleña y panes de nieve. Implica sentir el intenso trasiego comercial entre una capital en plena ebullición y un pueblo productor de bienes, por entonces, de generosa demanda.

Cubierto descubierto de la paridera de la Pachina

También otear en días claros la silueta quebrada del Alto Aragón desde el cénit de la Sierra de la Horca fuendetodina, desde hace años parapetada por enormes aerogeneradores que se levantan como implacables gendarmes.

Inicio auténtico de la Val de Zafrané
Lino azul

Imposible no apreciar las huellas forestales de una sierra de pinares endémicos —con cierta presencia de carrascales y sabinares—, hoy desligados por vastas roturaciones a un lado y otro, y que constituyen las primeras concentraciones verdes de notable entidad en un territorio tan denudado como el valle del Ebro.

Tierras de Cariñena

Parideras, corrales y balsas conforman el armazón de una tupida red de aprovechamiento pecuario, con unos montes antaño corridos por nutridos contingentes de ganado ovino y hoy reconquistados por la cabra montés, que ha hecho suyas estas sierras de callosas calizas.

Orquídea piramidal

En esta plataforma jurásica, se halla el germen de la Val de Zafrané. Es aquí donde adquiere original significado este topónimo de raíces patronímicas y no en la Hoz de la Puebla. La verdadera Val de Zafrané es fuendetodina, no pueblana, y pocas leguas más tarde de acompañarle en su nacimiento se hundirá en el Focino de la Bajada.

Alto del Pueyo y Loma de Gil

En Las Crucilladas, topónimo que señala una «encrucijada» de caminos, abandonaremos el camino carretero hacia la capital y nos dirigiremos hacia el horizonte ibérico zaragozano a través de la conocida Vereda de Fuendetodos, que enlazaba las poblaciones de Villanueva de Huerva y La Puebla de Albortón.

Medioluto norteña

De una forma silenciosa, estaremos convergiendo en la divisoria de aguas de los ríos Huerva y Aguasvivas, y de dos comarcas, la de Belchite y la de Cariñena. Si venimos de un territorio montuoso y fragante, ahora caminamos por confines intensamente roturados.

Balsa del Junco; el Currú detrás

Antes de esta puesta en cultivo intensiva, el lugar de esta tierra fértil lo ocupó un pinar, el de Bolage, del que queda una reliquia viva en medio de tanta desnudez.

Pino Pindera entre el oleaje del cereal

Es el pino Pindera, un monumento varias veces centenario de savia y ramas torcidas. Su terca figura sigue demostrando que hasta el siglo XVII estos montes eran continuos tapetes de pinares. Esta vereda de Fuendetodos sigue conservando elementos que por activa y por pasiva siguen exhibiendo su primaria función pecuaria.

El refugio del pino Pindera

Dos balsas de abrevada, felizmente rebosantes, varias parideras en uso —una de ellas con un arcano topónimo como «Currú», que pudiera designar «un lugar de corro», un «corral» a través de un vocablo moldeado de posible origen céltico («kurro»)—  y un mosaico de cultivos, entre los cuales descolla la vid, marca de distinción de Cariñena.

Almendros y olivos aún presentes

Se converge en el Camino de los Serranos, una vía de largo alcance de entalladura norte-sur. Hoy, como otras tantas, padece el desprecio de las principales vías de comunicación, pero fue relevante, y prueba de ello es la Venta de Villanueva.

Venta de Villanueva

La familia Montañés de esta villa la dotó de sobresaliente entidad en el siglo XVIII para que no le faltara de nada. Corrales, cuadras, casa de viajeros, aljibe, balsa y nevera daban empaque a esta posada medular.

Corrales de la venta

Si bien la nevera, peculiar por el peirón que remata su cúpula, se conserva en regular estado, el resto del conjunto languidece, como las cosas que se arrumban sin más, que solo son dignas de verlas caer. El signo de los tiempos.

Nevera de la Venta de Villanueva

La vuelta hacia Fuendetodos está servida por el Camino del Val o Camino viejo de Villanueva, que unía Villanueva con Fuendetodos y, más ampliamente, articulaba el occidente aragonés con el Bajo Aragón.

Camino del Val

Los de Fuendetodos, haciendo honor a su nombre, buscaron agua, la encontraron y lo celebraron. Pero su relación con ella siempre fue azarosa. Por no disponer de un curso de agua permanente, tuvieron que transitar con regularidad este camino para ir a moler su trigo en el molino de Villanueva, a orillas de un providencial río Huerva.

Juguetón juvenil de collalba gris

Entretanto, se toparían siempre con el Focino de la Cueva Marta, uno de esos caprichos geológicos que envuelven estas sierras de naturaleza calcárea. Estos desmoronamientos naturales son unas benditas anomalías en un páramo de trazo fino.

Fracturas en la estepa

Mientras que fuera el sol de junio convierte el aire en un sujeto masticable, su interior teje aún los hilos de la primavera. Las condiciones propicias de menor insolación y mayor reservorio de humedad convierten a estas hoces únicas del universo estepario en un foco de vida raro, precioso y salvaje.

El verdor contrastado del focino de la Cueva Marta

Más arriba, en el Paso del Val, hallaremos un oportuno manantial que alumbró una fuente, un abrevadero, un lavadero y una alberca. Aguas frescas y emancipadoras en la tiranía del secano. Dar un sorbo de estas aguas sacia la sed con animalidad, tanto más cuanto que nuestras retinas secas ya se han impregnado de la aridez del camino.

Alberca del Val, entre nubes de mariposas

Nada lejos, una nevera, también del Val, arruinada pero única en su especie, por tener una escalera de acceso inédita en el amplio repertorio de neveras fuendetodinas. Desde su posición, se otea un incipiente barranco del Val, el que luego se despeñará en ese focino del que venimos.

Nevera del Val

El influjo de Fuendetodos ya es absoluto. En donde hoy se levanta un ostensible depósito de aguas, estuvo el Pilón Alto, el confín oeste del pueblo por donde iban y venían de y hacia Villanueva. En anónima vecindad, se encuentra la humilde nevera del Peirón Alto, escombrada y solitaria pese a su cercanía con todo cuanto le rodea.

Nevera del Peirón Alto

Todo termina en la reencontrada iglesia vieja de Nuestra Señora de los Villares, cerrando un trayecto que da sentido a las tradicionales conexiones entre pueblos, espina dorsal de trasvases y encuentros.

Iglesia nueva

Un viaje que, pese a parecerlo, nada tiene de nostálgico. Pesada carga esa. Sí de vigencia y reivindicación. Los caminos que rodean nuestros pueblos están, en mayor o menor medida, preservados, pero hay que caminarlos, claro, a marcha lenta. Un acto que sigue siendo subversivo en un mundo que va demasiado rápido.

Ruta completada:

Venta de Villanueva y Focino de la Cueva Marta desde Fuendetodos

Fuente consultada:

Ona González, José Luis (1998). Senderos de Fuendetodos. Edita: Ayuntamiento de Fuendetodos.

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