Zaragoza

Hoces del Piedra, el vínculo del agua y la roca

El río Piedra nace huérfano de agua en las tierras altas del Señorío de Molina de Guadalajara. Meros arroyos y barrancos de poblaciones como Tartanedo, Torrubia y Rueda de la Sierra, que solo conocen los caudales permanentes cuando el cielo se rompe, rasgan tímidamente los vecinos páramos castellanos al oeste del Aragón rayano.

Camino a las hoces

Son 37 kilómetros de soledad hídrica hasta llegar a Cimballa, el generoso pueblo aragonés que le dota de auténtica entidad fluvial. ¡Cuántos ríos quisieran nacer como lo hace el Piedra en los Ojos de Cimballa!

Puerta de entrada

El hacedor de este inicial destierro del Piedra es un masivo afloramiento calcáreo que quiere para sí cada gota de las aguas de escorrentía. En su vientre las acopia y las hace circular por galerías subterráneas hasta que las libera en los manantiales pletóricos de Cimballa.

Gama de colores

En Torralba de los Frailes y Aldehuela de Liestos, a falta de agua, el río se ha otorgado la plena potestad de esculpir su propia obra. A vista de pájaro, su labor paciente ha modelado un trazado meandriforme cual gigante serpiente inmortalizada en roca.

Otoño umbrío

Pero nada es lo que parece. Lo que parece evidente no es más que un espejismo: ni siquiera el río es el creador de su contexto, solo es un fantasma que se limita a surcar sus costuras.

Bella discreción

Su mediocridad como río apenas incide en la obra que sí se fraguó con la fusión de los hielos cuaternarios, los que efectivamente dibujaron los trazos de este cañón. La irregularidad define al Piedra. Las puntuales avenidas transformadoras no compensan las sequías más cáusticas.

Entre rocas caídas

Desde el interior, el resultado de esta colisión de fuerzas es monumentalmente bella. En los páramos superiores, ejemplares dispersos de carrasca pellizcan la memoria forestal de unas tierras que se rompieron para ganar la deseada uniformidad cerealista.

Espacio abierto

Se dice que las tierras de la cuenca de Gallocanta son de una sazón generosa para la germinación del grano. Abajo, el cuento se narra con letras disidentes.

Meandro del Piedra

Sauces, álamos, fresnos, arces de Montpellier, robles quejigos o cerezos se encargan de honrar la mayor templanza y humedad de estos fosos, en contraste con la deforestación acaparadora de los llanos en altura.

El río de piedra

Estos cordeles vegetales son manchas raras de biodiversidad, atípicas en una tierra tiranizada por los vientos furiosos y la continentalidad extrema. Los residentes de los pueblos de esta subcomarca del Campo de Used lo saben sobradamente.

Morrones calizos

El otoño, que no se despoja nunca de su discreto vestido en estas latitudes, se expresa con algo más de atrevimiento en estas hoces. Son las únicas y preciosas concesiones a la mudanza en una tierra habituada a que sus arboledas más extendidas se enroquen en la perennidad y la tozudez cromáticas.

Mirador del Reconquillo

Pero ese colorido no es el resultado de ninguna providencia. No hay nada azaroso en estas tierras cuyos confines se aprovecharon palmo a palmo. El ser humano bajó desde antiguo a estos cauces, donde pudo encontrar acomodo para actividades primarias como el pastoreo, la molienda, la escamonda, el carboneo y la apicultura.

Vaso comunicante

Los apriscos, el molino harinero de Torralba, los chopos cabeceros, los rodales calcinados y los colmenares de adobe se expresan en un idioma antiguo y universal, que no solo el avance natural hace ininteligible, sino también nuestra propia escisión con el mundo rural.

Cañada Real de Tortuera a Torralba

Aún es posible enlazar pasos por una Cañada Real, que ya solo figura en mapas amarillentos, la que unía la Tortuera castellana con la Torralba de los Frailes aragonesa, en el itinerario del Camino Real que unía Madrid con Zaragoza por Daroca. Son zancadas fósiles por veredas pretendidamente amplias, que se dotaron de balsas y balsones para el abrevado del numeroso ganado ovino —también vacuno— que rumió estos verdes.

Laderas carboneadas del Montecillo

Se proyectó un amplio edificio a la orilla de la vía pecuaria para guardar el ganado. Se le dio el nombre de «Casa del Monte», lo que justifica su importancia al soslayar otras denominaciones más comunes, por sencillas y humildes, como «corrales» o «parideras».

Mirador de las Hoces

Ni esa casa ganadera es lo que fue, ni tampoco lo son los balsones. La casa mide el ya escaso equilibrio de sus muros con el suelo, los balsones se colmatan entre capas de sedimentos cada vez más endurecidas. Las encinas y robles que no estaban, están —y de qué manera—, e imbrican sus ramajes para confundir al que se interna por estas soledades sobrevenidas.

Torsión geológica

Y en este teatro de trincheras rocosas que son las hoces, las que acunan por igual el despertar de aves estacionarias y trotamundos, nuestro río intermitente juega un papel silente pero fundamental que entronca con su misma esencia.

Buscando el apego de la roca

El agua, como Medusa, transforma todo lo que toca en piedra. Como deidad femenina y protectora, es la guardiana y la protectora de estos cantiles. Su presencia es esporádica pero muy poderosa y se transfigura en el cauce adoptando un aspecto lechoso y carbonatado.

Entrada a las hoces en tenaza

La costra caliza se amplía con cada avenida que extiende un manto blanco desasosegante. A izquierda, a derecha y bajo a nuestros pies, roca. Materia orgánica de todo género petrificada. Los seres vivos que pueblan o transitan efímeramente estas gargantas, más que nunca, unos convidados de piedra. ¿Cómo no iba a llamarse Piedra este río?

Vestíbulo hacia la llanura cerealista

Las hoces son los muros de un enorme edificio de piedra sin techar. Las formas vivas que lo habitan, una bella licencia de una diosa acuática, que va y viene, impredecible y caprichosa, que añade una pátina pétrea con cada revelación.

Otoño ibérico

El Piedra sabe y demuestra que sin sustrato no hay vida. Es pura agua de roca, con la que se hermana en estas hoces de la raya castellano-aragonesa. Sus estiajes se rompen en Cimballa y sus aguas terminan alegremente el viaje ofreciéndose al Jalón en Ateca. Como si no hubiera un antes, pero sí lo hay, y en esa ausencia y parquedad del líquido elemento se habla el lenguaje de la piedra.

Ruta completada:

Hoces del Piedra y barranco del Montecillo desde Aldehuela de Liestos

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